Be yourself!

“Me siento inseguro”, “lo más importante es estar seguro de uno mismo”, “sé tú mismo y te saldrán bien las cosas”, en definitiva, lo que el sistema capitalista resume con las palabras mágicas Be Yourself.

Estas y otras expresiones son tan comunes dentro del vocabulario psicológico popular que nos da la sensación de que entendemos qué quieren decir. Pero ¿sabemos exactamente a qué nos estamos refiriendo?

Estar inseguro significa literalmente no estar seguro. La palabra nos remite por tanto a dos conceptos, la duda y el miedo, pero ¿de qué dudamos? ¿a qué tenemos miedo? ¿qué significa estar seguro de uno mismo?… ¿y qué significa especialmente para una persona LGTB? Veamos qué se esconde debajo de algunas inseguridades comunes.

Inseguridades comunes

No estoy seguro de ser digno de amor

Esta inseguridad es probablemente la que proviene de más lejos. Hay personas que no están seguras de ser “queribles”, dudan sistemáticamente del amor que se les ofrece, desconfían o aceptan a cualquier persona que les muestra interés como si tuvieran que “agradecerles el favor” de haberse fijado en ellos, algo parecido a una prenda con tara que da las gracias a su comprador. Así lo muestra la canción de Alejandro Sanz A la primera persona que dice así; A la primera persona que me ayude a caminar/ pienso entregarle mi tiempo, pienso entregarle hasta el mar/ yo no digo que sea fácil, pero niña/ ahora mismo ya no tengo ni siquiera donde estar.

Esta inseguridad afecta a todas las áreas (no solo a la afectiva). Caminan por la vida como si el mundo no les perteneciera, como si fueran polizones en el barco de la existencia. Son portadores de una tristeza profunda y sostenida.

La autoestima es mucho más que quererse a uno mismo y gustarse. Si fuéramos coches, la autoestima sería el motor y la gasolina, el amor incondicional de nuestros padres (un amoroso tutor también sirve, con uno es suficiente).

Cuando éramos bebés y nuestros padres nos daban de comer, nos arropaban, nos cuidaban cuando enfermábamos, nos sonreían y nos estrechaban entre sus brazos no solo estaban atendiendo a nuestras necesidades básicas, estaban sin saberlo, validando nuestra existencia. El mensaje que nos transmitían se podría traducir como un “Te queremos porque sí, no hace falta que hagas nada para que te amemos, ya te queríamos incluso antes de nacer, bienvenido al mundo.”

Toda persona necesita haber tenido durante su infancia como mínimo un tutor (padre, madre u otro) que le haya ofrecido un amor sin condiciones, un afecto no negociable, un apego seguro. Esto es lo que nos permite generar la conciencia de que tenemos un valor solo por el hecho de existir y que somos dignos de ser amados. La seguridad de que nuestro tutor no nos va a abandonar nos permite explorar el mundo con total tranquilidad. Curiosamente esos primeros apegos favorecen la independencia.

No hay que confundir incondicionalidad con permisividad. El hecho de que tu tutor te quiera incondicionalmente no significa que te lo consienta todo, le guste todo lo que haces o que no te castigue ni te haga responsabilizarte de tus actos. El matiz está en que el amor no se pone en juego. Me puede no gustar lo que haces (la conducta, el hecho concreto), pero no por ello te voy a dejar de querer.

Sin embargo hay personas que no han tenido experiencias infantiles tan felices y completas. Las personas que han sido abandonadas a edad temprana, o no se les han cubierto las necesidades básicas, las que han vivido carencias afectivas (padres poco cariñosos, fríos o despreciativos), a las que se les ha hecho saber que no eran deseadas o las que han sufrido invalidaciones (insultos, menosprecios, descalificaciones) tienen altas probabilidades de vivir con esta inseguridad y generar incluso estados depresivos.

No estoy seguro de mis derechos

El derecho a tener un criterio o una opinión aunque difiera de las de los demás, el derecho a sentir determinadas emociones (alegría, rabia, tristeza, miedo, etc), el derecho a equivocarme, el derecho a cambiar de opinión, a no trabajar a 100% de mis posibilidades, a amar a quien yo elija, a escoger el tipo de vida que considere mejor para mí, a decir SI o a decir NO ¿Qué puede suceder si anteponemos los derechos de los demás a los nuestros en pro de evitar conflictos? Generalmente reprimirnos y actuar de forma sumisa y pasiva (callar, disimular, mentir, aguantar, etc.) El antídoto será actuar de forma asertiva (pero este tema lo dejamos para otro capítulo).

Para andar por la vida con paso firme no solo tenemos que tener conciencia de nuestro valor, sino que nos tenemos que considerar seres legítimos, dignos de derechos, también de obligaciones. Las carencias nombradas en el punto anterior también pueden producir en las personas una cierta deslegitimación.

Legitimarse significa darse ley y no se trata de un capricho sino de nuestra condición humana. Los animales que no tienen conciencia de individualidad no necesitan legitimarse, pero las personas en el momento en que nos hacemos conscientes de que somos individuos diferenciados del resto, necesitamos ser reconocidos como tal. En términos de autoestima sería un “yo soy ley”. También sucede a nivel social, el no reconocimiento de la legitimidad de ser ha sido motivo de conflicto entre colectivos a lo largo de la historia. De esta manera en el momento en que me siento formar parte de un grupo, por ejemplo LGTB, necesito que se me reconozcan los mismos derechos que mi grupo de referencia (tengo derecho a contraer matrimonio, a ser padre, a ser bien tratado, a no sufrir discriminación laboral y un largo etc.)

No estoy seguro de si voy a ser capaz de…

Mientras que algunos se desenvuelven por el mundo con ligereza, los que llamamos “espabilados”, hay otros que no se sienten tan cómodos con esto de ser responsables de sus vidas. Cada individuo es capaz de muchas cosas, y no es capaz de muchas otras, lo cual no tiene por qué representar ningún problema. Es decir, si me dedico profesionalmente a la repostería, haré maravillosos pasteles, quizá también se me dé bien la pintura y sepa dar unos estupendos masajes a mi pareja, pero puedo no tener ni idea de matemáticas o de economía internacional o quizá el cocido no me queda tan bien como el brownie. Puedo tener unas habilidades y no otras y que este hecho no me quite el sueño. Pero si cada vez que voy a iniciar una tarea o voy a empezar un nuevo proyecto, en vez de sentirme motivado profetizo de antemano que me va a salir mal, incluso en tareas que ya he realizado previamente con éxito, tenemos un problema. Si tengo un miedo constante a equivocarme, lo desconocido me genera rechazo en vez de ilusión y me siento un torpe patológico, habrá que escarbar un poco y ver qué ha pasado en mi historia de vida.

Hay ciertos factores de nuestra infancia que pueden ayudar a que nos veamos a nosotros mismos como seres “inútiles”. Uno de ellos son los padres excesivamente sobreprotectores. El sueño del padre sobreprotector es aislar a su hijo de todo mal, con lo cual también lo aísla y le niega el derecho a “usar” la realidad, a hacer usufructo del mundo. Tomar contacto con lo incómodo, lo sucio, lo duro, lo difícil o lo feo, caerse, experimentar, equivocarse, mancharse o hacer las tareas del hogar, es necesario para generar recursos de afrontamiento a distintas situaciones y vernos a nosotros mismos como personas capaces de valerse por sí mismas. Los padres invalidadores, autoritarios o agresivos también producen este efecto. “No sirves para nada, eres un estorbo, eres un desastre, todo lo que tocas lo rompes, no toques, no hagas, no corras, no saltes, no mires, quita de ahí, ¡quieto!”.

No estoy seguro de si soy quien debería ser

Si creo que la valía personal se gana (por lo tanto hay personas que valen más que otras), que para valer necesito hacer muchas cosas, que mi currículum es un retrato de quien soy, mi proceder es altamente autoexigente, pienso que la perfección se puede alcanzar y mi vida es un esfuerzo constante por alcanzar un prototipo o ideal de persona, estoy funcionando de forma meritocrática. Una lucha agotadora por ganarnos lo que ya nos es dado desde que nacemos, el valor de ser. Según nuestra definición de autoestima sería algo así como una carrera de obstáculos pero al revés. Además de una carrera sin fin, puesto que el IDEAL, al no ser real, es inalcanzable. El juez interior es implacable y no se cogerá ni un día de descanso.

Anhelar crecer profesionalmente y personalmente, tender a hacer el bien o querer parecernos a las personas que admiramos son tendencias que no tienen nada de negativo en sí mismas, el problema aparece cuando altero el orden de los factores entre lo que SOY, lo que HAGO y lo que TENGO. Lo que soy no puede ir condicionado por lo que tengo, puesto que los resultados son variables, lo que hoy tengo, mañana lo puedo perder. Por ejemplo, si me defino por la labor que desempeño, “soy empresario, soy ingeniero, soy médico”, ¿qué pasará con mi identidad si mi empresa quiebra, me despiden del trabajo o me jubilo? Las cosas no construyen el ser, el ser construye las cosas.

A veces lo que encontramos en el fondo de la cuestión es una persona que intenta cumplir las expectativas de alguno de sus padres, ser lo que le han dicho que tenía que ser o reparar un supuesto “fallo” como podría ser en algunas familias la homosexualidad.

Analicemos entre paréntesis el relato de un paciente que acudió a mi consulta.

(…)He luchado mucho en la vida para ser lo que soy (para “ser alguien” tengo que hacer cosas), me he convertido en una persona respetable (como si no lo fuera antes), he alcanzado un puesto reconocido dentro de mi disciplina (abogado, como su padre), intento cuidarme, hago deporte y nunca he tomado drogas. No quiero que mis padres tengan nada de lo que avergonzarse.

Mi paciente dirigió toda su vida a intentar reparar el daño causado a sus padres por el hecho de ser gay. Hijo único de familia “respetable”, ante el disgusto que ocasionaría a su madre por no tener descendencia encaminó su destino a “ser un buen chico”. Metafóricamente compró la licencia para ser gay (como si fuera un capricho a elección) a un precio muy caro, ser perfecto en todo lo demás (según el ideal de perfección de sus padres y suponiendo que la homosexualidad es un error, una desviación de la norma).

No estoy seguro de mí respecto a los demás

Es natural tener dudas acerca de cómo nos ven los demás, lo que opinan de nosotros o qué sienten a nuestro lado, puesto que es algo que no podemos controlar. Lo que nos tendríamos que preguntar es, en qué medida condiciona mi vida la opinión de los demás o el reconocimiento ajeno. ¿Qué tiene más peso, lo que soy o lo que aparento?

El ser humano es social y desde que tomamos conciencia de que existen los demás estamos expuestos al juicio externo y la vergüenza entra en escena. Con las nuevas tecnologías y en la era del comentario, la exposición es de largo alcance. La adolescencia es un caldo de cultivo para las inseguridades puesto que lo primero que entra en juego es la imagen y nuestro ego se hace un montón de preguntas, ya que necesita desesperadamente pertenecer al grupo de referencia. ¿Gusto o no gusto y… a cuantas personas? ¿soy lo suficientemente atractivo, delgado, simpático, gracioso? ¿mis gustos musicales coinciden con los del grupo? ¿resulto interesante o aburrido? ¿soy lo suficientemente culto o creativo? Es un momento especialmente vulnerable porque nuestra identidad se está construyendo. No es de extrañar que de aquí provengan muchos trastornos alimentarios. Pero a veces aún de adultos, cuando se supone que ya sabemos quién somos, nos sorprendemos con actitudes similares. A veces nos exponemos como si fuéramos objetos en un escaparate y dejamos que el otro tase nuestro valor como si estuviéramos en venta en una casa de pujas. Un ejemplo lo encontramos en las páginas de contactos, ¿alguna vez os ha pasado que estando en una primera cita con un hombre habéis tenido la sensación de estar más bien en un proceso de selección de personal?

Muchas personas han vivido adolescencias difíciles pero qué pasa con los homosexuales. La FRA (European Union Agency of Fundamental Rights) realizó en el 2013 una super encuesta a 93.000 personas LGTB de todos los países europeos y Croacia. De los resultados que obtuvieron mencionaré que dos terceras partes disimularon su condición sexual antes de los 18 años (y ya la sabían), que el 60% recibieron comentarios o conductas negativas en la escuela, el 80% fueron testigos de expresiones ofensivas relacionadas con la homosexualidad y que dos terceras partes sienten todavía cierta reserva a la hora de coger de la mano a su pareja en público. Es decir, que en la época en la que surge la atracción hacia el otro y se despiertan los deseos, mientras los demás exploran y juegan libremente a la seducción, mientras otros se afanan en desarrollar la mirada, el adolescente gay se dedica a disimularla. Esto significa que cuando la persona empiece a vivir su homosexualidad, tendrá que aprender códigos nuevos (como si se fuera a otro país). Es decir, tendrá que aprender cómo funciona el mundo social no una sino dos veces. Las consecuencias que eso tenga para la autoestima dependerán de cada caso particular.

Dicho todo esto, si ando por la vida con paso firme pero sin pisar a otros, sabiendo que mi ser es válido y legítimo independientemente de lo que haga y lo que tenga, si soy capaz de tener en cuenta la opinión de los demás, pero también relativizarla, si procuro rodearme de personas y quehaceres que sean coherentes conmigo en vez de moldearme a lo que no soy, entonces quizá podré comenzar a decir aquello de…ESTOY SEGURO DE MI MISMO.

Posted on diciembre 1, 2013 in Hunter magazine

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