AUTOESTIMA; versión 2.0

Revista Vida Estética

Pocos conceptos de la psicología moderna han logrado introducirse en nuestro lenguaje cotidiano con tanto éxito como el de autoestima. De tal manera que cualquier persona a la que preguntemos por la calle, de cualquier edad y condición, sabrá darnos sin ningún pudor una definición de lo que la autoestima es. Con aparente precisión deduciremos que “auto” significa “propio”, “uno mismo” “de sí mismo” y que “estima” significa “amor” “cariño” o “afecto”. Por lo tanto, si automóvil es lo que se mueve por si mismo o autoayuda es la ayuda que uno se da a sí mismo, autoestima será el amarse a uno mismo. Hasta aquí llegamos.

Lo que no se para uno a pensar es, si más allá de la definición etimológica (de dónde viene la palabra), comprendemos realmente en qué consiste eso de quererse a un mismo.

¿Cómo sé yo que tengo autoestima?

Porque cuido de mí. Cada vez que oímos en televisión o leemos en una revista el imperativo “cuídate”  automáticamente nos imaginamos haciéndonos la pedicura, dándonos un masaje o tomando un gin tonic en un chiringuito de la playa. Y oye, los spas son geniales, pero en realidad la idea que entendemos en psicología por cuidar de uno mismo es mucho más modesta y no implica ningún lujo. Llevar unos hábitos de vida saludables, mantener nuestra casa ordenada y limpia o cultivar buenas relaciones son básicos que mucha gente que se pasa la vida preocupada por su imagen no cumple. El proporcionarnos lo básico para vivir bien es una responsabilidad que nos atañe principalmente a nosotros. Pero no solo eso, si la descuidamos afectaremos a los que tenemos cerca. Porque si yo no cuido de mi, en mayor o menor grado acabaré siendo una carga para los demás y tampoco podré cuidar a los que dependan de mi,. Recordad lo que dice la azafata de vuelo en determinado momento de su speech “en caso de accidente, saltará la máscara de oxígeno. Primero póngasela usted y luego ayude a los demás”.

Es más, si yo me cuido y me quiero el bien, me procuraré cosas buenas y rechazaré aquello        que me sea tóxico y/o destructivo. Y aquí entran todas las adicciones que nos podamos imaginar. Cada hábito que te hace daño y no abandonas te va quitando autoestima, aunque no te lo creas.

Porque me quiero a mí, no a mis pertenencias ni a mi currículum. Muchas personas están enamoradas de sus logros profesionales o deportivos (meritocrácia), de sus capacidades o de sus bienes (plutocracia), pero la prueba del algodón de si realmente se quieren a sí mismos se produce cuando pierden todas o algunas de esas cosas. Pongamos un ejemplo. Imaginemos una amiga imaginaria, Marta. Ella afirma que tiene muy buena autoestima porque se siente guapa, fuerte y talentosa, es arquitecta y tiene un currículum envidiable, tiene pareja, vida social y buen estatus económico. Todos estos elementos están muy bien, tan solo tienen un problema, son estados variables. La belleza y la fuerza se apagan, los trabajos cambian o se pierden, el talento no siempre está operativo, el currículum puede truncarse por muchas circunstancias, el dinero sube y baja, a veces estaré soltero y otras en pareja y habrá épocas donde mi agenda estará llena de amistades y otras en las que pasaré los fines de semana metido en casa viendo pasar la bola del oeste. Así que esperemos que Marta se quiera con independencia de todos estos elementos porque de lo contrario a la que falle alguno, asistiremos a un hundimiento depresivo de primer nivel.

Porque reconozco, conozco y sé defender mis derechos sin herir a los demás. La famosa asertividad se refiere básicamente a esto. Si el respeto se pudiera dibujar en el cuerpo, consistiría en un conjunto de capas, barreras y fronteras con un cartel de “hasta aquí puedes pasar”. Hay situaciones que no se pueden tolerar y hay que obrar en consecuencia, porque no hay cosa que corrompa más la autoestima que permanecer demasiado tiempo expuesto a una relación personal o laboral en la que se nos invalida poco a poco. Y no vale culpar al “agresor”, tenemos la responsabilidad de hacer algo con ello ya sea confrontándolo o alejándonos de él.

Porque me acepto incondicionalmente. Eso no significa que todo lo que haga esté bien y tenga que anular mi capacidad de autocrítica, al contrario, tan solo que por mucho que me equivoque, la conciencia de que sigo teniendo valor, no debe cambiar. Solemos confundir la autoaceptación con justificarnos. Justificarse es hacer pasar por justo lo injusto y se trata básicamente de poner excusas. Tampoco es ser condescendiente con uno mismo, el equivalente al “pobrecito de mi”. Lo que se busca es exculparse o quedar exento de responsabilidad ante lo que se ha hecho. Autoaceptarse trata de la capacidad de reconocer que he hecho algo mal (equivocación o error) o que he hecho un mal a alguien pero sin invalidarme como persona. Una manera de traducir esta actitud al lenguaje es hablar de actos en vez de invalidar a las personas, ejemplo, en vez de decirle a alguien “eres un impuntual”, qué tal indicarle sencillamente que ha llegado tarde, se dice lo mismo pero el efecto es radicalmente distinto porque se focaliza en el acto y no en la persona. Por cierto, culparse no es comprenderse, sino una forma de no querer cambiar.

Porque me quiero a mí, no al ser que hay en mí. Este punto es fundamental y un foco enorme de confusión. Aquí tenemos que decir que la literatura y las ideologías espiritualistas con ideas como la de buda interior o las habitaciones del ser no ayudan a aclarar el tema. Los seres humanos no somos matrioskas (muñeca rusa hueca que contiene en su interior réplicas de la misma a distintas escalas), no tenemos seres dentro de nuestro ser, sino que somos uno (id-entidad, in-dividuo) que además sigue siendo el mismo desde que nace hasta que muere, aunque cambie de forma. Haz una prueba, hazte la pregunta ¿quién soy yo? Apuesto lo que sea a que te vas a definir por tu profesión (soy esteticista, soy psicóloga, soy abogada), por tus características de personalidad (soy simpática, abierta, nerviosa, dinámica, etc), por tu género (soy mujer, hombre) por tu edad (tengo x años) o quizá dirás tu nombre, por ejemplo soy Marta. Ninguna de estas respuestas es la correcta puesto que la única respuesta posible sería YO. Yo soy yo. Y seguiría siendo yo aunque mis padres me hubieran puesto otro nombre. En todas mis edades siempre he sido yo, si hubiera estudiado otra carrera o me hubiera dedicado a otra cosa seguiría siendo yo. Suelo ser alegre y simpática pero cuando estoy enfadada o no tengo ganas de ver a nadie no dejo de ser yo. Conclusión, confundimos quien somos con cómo somos, el ser con las formas de ser, lo estable con lo variable.

Porque una cosa es quererme a mí mismo y otra estar enamorado de la imagen que  proyecto. Si hay una patología que impera en nuestro tiempo, esa es el narcisismo. El narcisismo es el hermano bastardo de la autoestima, se confunde y se hace pasar por ella. Si midiéramos el amor propio por el número de selfies que se hace cada individuo en un mes podríamos afirmar categóricamente que somos la sociedad con más autoestima de la historia. Pero va a ser que no. Los que inocentemente inventaron el dispositivo para girar la cámara del móvil hacia nosotros mismos y las redes sociales correspondientes para exponer nuestra imagen y opiniones de forma ilimitada, no sabían que estaban accionando el detonador de la vanidad humana. La vanidad que no es ninguna enfermedad, pero si fuera un veneno tendría un único antídoto y no sería la falta de autoestima, sino la humildad.

Elia Quiñones

Psicóloga, terapeuta de pareja

Experta en T.D.M

Posted on mayo 2, 2017 in Psicología, Vida Estética

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